sábado, julio 21, 2007

A merced de su indolencia


De lejos miraba lo que ahora para ella, no era más que terreno yermo, de suelo seco y pequeños arbustos, como si de un paisaje desértico se tratara.
El escenario baldío que la rodeaba, era el producto cosechado durante años, en los que nada que no fuese ella misma, recibió suficiente tiempo ni amor.

Si fecundaba la semilla, que el sol y la lluvia se encargaran del resto, hasta el día en que el aroma de las flores, le adornara la existencia.
Quien cultivaba la tierra, le contaba en vano la importancia de admirar el rocío que cubre con sutileza a los retoños cada mañana. Pero nada había a esas horas más hermoso que soñar. Enfundada en la pereza, se perdía la grandiosa experiencia de comenzar el día, junto a sus capullos que pronto se abrirían, extendiéndose en colores.
Su sed quedaba saciada al instante, mientras alrededor, alguna esporádica garúa daba tregua a la sequía del verano.
Le gustaba mostrar con orgullo lo radiante de sus rosas, pero carecía de paciencia para lidiar con las espinas, aunque estas formaran parte ineludible de su naturaleza.
Abonar y podar, fue siempre responsabilidad de otros, a quienes negaba el merito por el arduo trabajo hecho, asumiendo como propia, la labor que debió ser compartida.

Sin dejar de darle más frutos de los que le correspondían, el árbol que la cobijaba se arrimó a otra sombra, con las plantas pequeñas prendidas al tronco, huyendo del vacío, la desatención y la codicia.
Por muchas hojas que intentara arrancarle, ya no sería lo mismo. La pradera brindaba más espacio para crecer, que su farragoso jardín.

Sobre su deber con la familia, estuvo el disfrute de viajes y fiestas. Congraciarse con las amigas le importaba al punto de convertirse en víctima, con tal de mantener la apariencia de mujer abandonada. Y aún ante la aridez que acompañaba una vida envuelta en mentiras, que hacían de ella un personaje ejemplar, fue capaz hasta el final de culpar por su divorcio, a la que llamaba un mal polen que llegó con la brisa de la primavera.

2 Comments:

Blogger alida said...

Interesante relato, me gusto mucho (…) Le gustaba mostrar con orgullo lo radiante de sus rosas, pero carecía de paciencia para lidiar con las espinas, aunque estas formaran parte ineludible de su naturaleza (…) excelente frase para reflexionar
Un abrazo amiga

6:18 p. m.  
Blogger Ibe said...

Gracias Alita.

Siempre tan lindos tus comentarios.

Un besote

10:12 p. m.  

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